Una semana peculiar
El mundo es muy grande. Y es muy pequeño.
Y da mucho miedo. Y es increíblemente grato.
Y cambia. Y se mueve. Y sigue siendo lo mismo.
Ayer cuando volvía a casa, el tren estuvo detenido más de una hora entre dos estaciones porque una persona fue atropellada por el tren que circulaba justo antes que en el que yo iba. Como ya era de noche no ví nada, tampoco miré, pero sí que se oían los comentarios de las personas que montaron cuando llegamos a la parada en la que había ocurrido el accidente. Porque he peferido pensar que fue un accidente, que alguien cruzó por las vías para ir al andén de enfrente, prefiero pensar eso a que alguien se tiró o a que alguien le empujó… porque prefiero no pensarlo. Ni siquiera lo conté cuando llegué a las 20:30 ya, a mi casa.
Esta mañana he llegado antes a la oficina porque tenía que ir al cajero a mirar si me habían hecho una transferencia ya. Cuando he entrado al cajero me he dado cuenta de que una persona dormía en el suelo, tapado entre harapos y cartones, en un refugio improvisado. No soy tan “buenrollista” que quiera decir que no me haya producido cierta inquietud. Y ¿si se levanta y me saca una navaja?, pero no, sólo dormía portegido del frío que se ha adelantado en Madrid. Y yo, mientras, miraba mis transferencias. No he podido evitar que se me venga a la cabeza la imagen de los bárbaros que quemaron a una indigente en un cajero en Barcelona y que están siendo juzgados esta semana. Supongo que el daño que les hizo fue el mismo que me ha hecho a mí la criatura que yacía en el cajero del BBVA que hay debajo de mi oficina. Ninguno. Estar ahí. Sin más.
A veces no hacemos nada más que estar en un lugar para que (nos) ocurra algo. Si no hubiera estado en la puerta de una clase esperando a un amigo que me dio plantón, no habría conocido a quién fue mi pareja durante 8 años y de quién me separé hace 5 con la sensación de fracaso más grande que he podido tener en toda mi vida. Si no me hubiese separado hace 5 años de la manera en que lo hice, no habría sentido en mis propias carnes lo que se llama empezar de nuevo, partir de cero, sentirme libre y con mi vida, por fin, en mis manos y a mis pies.
A veces todo parece un juego. A veces los juegos son más serios de lo que parecen a simple vista.
Jugando en el facebook he contactado con dos personas de aquellos tiempos en los que mi edad tenía un 1 como primera cifra y mi corazón un muro de adolescencia enconada, tímida e inexperta que te hace pensar que sabes cómo va a ser todo cuando aún no sabes cómo es casi nada.
Lo curioso es que no esperaba que ninguna de las dos personas a las que encontré me contestasen, pero lo realmente bonito es que ambos me han contestado y, la verdad, con unas respuestas mucho más cálidas de lo que habría pensado que pudiese ocurrir.
No debía ser tan borde (¿lo era o sólo me denfendía de mis complejos?) ni tan mala gente. O sólo era una cría y magnifiqué durante muchos años los errores estúpidos de actitud que puede uno cometer de joven.
Al final de una semana de trabajo intento definir cómo me siento:
Desbordada de trabajo.
Preocupada por el trabajo de mi pareja.
Halagada por la respuesta de los dos amigos reencontrados en el Facebook.
Inquieta por la falta de tiempo para hacer las cosas que realmente me gustan.
Nerviosa por el estado de salud de mi padre.
Tranquila por la calma que me contagia mi madre…
Mezclamos, miramos, tratamos de analizarlo todo y, en ocasiones, sólo hay que saber dejarse llevar y no analizar tanto.
Sí, da miedo. Pero a veces es maravilloso.
El mundo, digo.
(Dedicado a Ana y Jose por ser parte de los “acontecidos” de este post)
Las bodas de mis mejores amigos
Hace dos años no fui a su boda, primero porque me pilló recién mudada a mi casa y con más deudas que un ayuntamiento, segundo porque había algo que no me cuadraba en esa boda y no quería participar. El lunes pasado hablé con él por teléfono, está gestionando su divorcio.
Un amigo de Sevilla se está planteando ante su próximo cambio “obligatorio” de trabajo (su empresa les despide), un cambio más radical, de vida, de lugar de residencia, de mujer… Me decía que a veces la vida te lleva a un punto en el que tienes que renovarlo todo porque si no, te hundes. Su relación no ha ido nunca muy allá, desde que lo conozco. Tal vez sea ahora tiempo de solucionarlo.
A Beatriz tampoco le va bien. Pasan temporadas en las que su novio vuelve a casa de su madre con la excusa de que la madre está enferma, sólo por estar separados y relajarse, sólo por alejarse de discusiones y de reproches en ambas direcciones.
Alicia dice que es feliz. Tiene dos hijas preciosas, hizo una boda estupenda y lleva casi la mitad de su joven vida junto a su marido. Cuando le pregunto cuál es el secreto, me responde que no lo hay, sólo que pone siempre buena cara y no suele rasgarse las vestiduras por cada crisis, que esas cosas se quedan dentro de su casa.
A veces me da la impresión de que la gente de mi generación (entre 30 y 35) hemos nacido para vivir solos, y para darnos de narices contra la pared de las relaciones de pareja. Tal vez porque no queremos ni la sumisión y el conformismo de nuestro padres y porque idealizamos las relaciones, nos encontramos con la cruda realidad de que las personas somos egoístas por naturaleza, que el estado ideal es estar solo o acompañado a demanda propia, que excepto en contadas ocasiones, nos ahogamos en la infelicidad compartida sin hacer nada por pura desidia…
Me da pena.
Me da rabia.
Y me da miedo.
Porque a veces yo…
Feliz año nuevo
Lo digo todos los años: el día 1 de septiembre empieza el año. Enero es una continuación tras la resaca de la Navidad.
Dejando a un lado el síndrome postvacacional (que no es otra cosa que la mala lechecilla que da volver a caer en la cuenta de que, sí, lamentablemente y salvo las personas que tienen un trabajo vocacional de esos que se disfruta, te “realiza” -odio esa palabra-, etc, el resto trabajamso para pagar nuestras facturas y poco más, así que de síndrome tiene poco) y las colecciones absurdas, septiembre es un mes en el que todo vuelve a su cauce:
Los niños al colegio a ver si se civilizan un poco.
Los adultos al trabajo.
Y el transporte público vuelve a ser esa masa informe de caras inexpresivas, empujones y desaliento. En el trabajo todo es urgente, importante y para ya. Y de un día para otro es como si hubiésemos metido la quinta.
Yo empiezo este nuevo año con coche nuevo (sí, voy al revés que el resto del mundo, cosas que pasan), con muchas tareas pendientes (por cierto, que siempre las termino antes o después, no soy de empezar algo si nolo voy a acabar) y con la firme convicción de queva a ser uno de los años más movidos de mi vida y eso que el anterior año ya tuvo moviemiento y deí vueltas hasta el mareo.
De momento, laboralmente la cosa promete. Ahora empiezo mi “gira europea” (sí, como Madonna, pero sin ser multimillonaria), Barcelona, Amsterdam, París,… serán lso escenarios de mis próximos logros y retos laborales.
Personalmente el panorama también promete, tal vez sea este plano el más movido de mi vida, no porque tenga cien amantes, si soy una emparejada fiel; lo que pasa es que siempre hay ajustes que hacer, igual que con los precupuestos económicos en tiempos de crisis, con los emocionales en tiempos de renovación.
Y en el familiar, mi propósito de año nuevo es disfrutar más de mis padres (o dejarles a ellos disfrutar de mí) porque… el tiempo pasa demasiado deprisa, y dentro de nada estaremos empezando otro año en otro septiembre.
Summertime (and the weather is easy)
Me congelo.
La temperatura del aire acondicinonado del edificio en el que trabajo es de 19 grados (Celsius), lo cual significa entrar a la oficina y ponerte una “rebequita” de punto para pasar el día.
Después sales a la calle y 29 grados te pueden parecer sofocantes; si no andas muy fuerte, te puede dar un bajón de tensión del cambio de temperatura y, además, al entrar a un centro comercial vuelves de nuevo al estado de congelación criogénica que tanto parece que se lleva.
Será para ahorrar energía. Energía física, digo, así no hay que mover las manos para abanicarse o cosas así.
O será porque como ahora fabrican los maniquíes femeninos con los pezones erectos, bajan la temperatura para que todas las mujres tengamos ese aspecto de muñecas tiesas con los pechos señalando al de enfrente.
Me aburro.
El trabajo en verano es tedioso, aburrido, agotador e improductivo. Tiendes a hacer esas cosas para las que nunca tienes tiempo y descubres la razón por la que has ido dejando a un lado esas tareas: son infumables. Traducir manuales, introducir pequeños cambios en las tablas de la Intranet, hacer inventarios absurdos.
Y te echo de menos.
Aunque te vaya a ver esta tarde.
Echo de menos hacerme la dormida mientras echas la siesta y yo observo tus pies redondos, como de niño enorme, y te hago alguna foto a traición de la que luego nos reiremos. Echo de menos adelantarte con la bicicleta, hablar en inglés hasta por los codos con tu familia, que dices que también es la mía, comentar los cuadros de Miró y ver pasar la tarde desde la terraza jugando a las cartas, riéndonos, a una temperatura normal y sana, no con este frío artificial, que se me ha metido en los huesos y no me deja ni moverme con naturalidad.
Este año las vacaciones se han ido volando.
Es lo que tiene que tú no hayas tenido y que yo haya invertido las mías en hacer turismo por Madrid con los que han venido de EEUU. Sin embargo tengo en el cuerpo esa especie de sensación de luz color melocotón, de sol tamizado a través de persianas y de música lejana y perezosa que invita a no hacer nada. Tengo cuerpo de vacaciones en una oficina fría y anodina.
Y tengo mucho que decirte, pero esta tarde cuando llegue no, porque preferiré pasear por el parque, comer pipas y saludar a los vecinos y acariciar a los perrillos que pasan con sus dueños detrás. Quiero uno como ese, te digo, y sé que me lo traerás un día u otro, como sorpresa, que irás a algún refugio a buscar un perrillo para que nos ladre y nos haga compañía. Y quiero decirte que me siento al final orgullosa de tí, y de lo que hemos luchado por lo que tenemos y por lo que vendrá, pero esta tarde no te voy a decir nada. Estoy de vacaciones.
Bueno, no lo estoy, pero mi cabeza sí.
Menos mal que en septiembre empieza el año de nuevo.
NOTA. La foto del post la hice desde un autobús Madrid- Visión y es la bajada desde Alfonso XII hacia la Puerta de Alcalá. Vale, no ganaré un concurso fotográfico, lo sé
Películas – Wall*E
Wall-E se recarga con energía solar y se inicia con el sonido de un Mac. Vé una y otra vez “Hello Dolly” en VHS y tiene un Atari y quirnaldas de luces navideñas, entre los muchos tesoros que guarda en su destartalado habitáculo en mitad de un planeta Tierra sucio y desolado. La Humanidad le ha dejado solo en una operación tipo “yo me voy de vacaciones y tu me limpias la casa”, pero la casa, la Tierra, está demasiado sucia, los hombres son demasiado cómodos y Wall-E (Waste Allocation Load Lifter Earth-Class) es el único robot de su serie que sigue funcionado y que, además, realiza sus tareas diarias con auténtica diligencia y con una cucaracha como única compañía.
Por raro que parezca, y aunque sea una película de dibujos animados y sin demasiado diálogo, me ha emocionado. Tiene escenas realmente bonitas, cuenta mucho más cuando los personajes se comunican con sonidos metálicos que si dialogasen con palabras y es, al final, una fábula sobre aprender a ser hombres de nuevo.
Wall-E ama, trabaja, persiste, cuida, baila, arriesga, sufre, disfruta, imagina y lucha, frente a una humanidad obesa, pasiva y abandonada a su propia desidia del “le hacemos la vida más fácil todavía”.
Para los que odian los cuentos con moraleja, cualquier cuento será odioso, pero este no, por favor, puesto que aunque el final sea una carga de buenas intenciones de Disney, es una fábula de ciencia ficción con momentos realmente bellos (las escenas de Wall-e cuidando a Eve no tienen precio, y el paseo intergaláctico propulsado con un extintor es genial también) y con esperanza en que la raza humana sea lo suficientemente sensata como para querer las mismas cosas que quiere un pequeño robot de limpieza.
Me ha encantado.
El único punto negativo: que la gente lleva a los cines a sus pequeños monstruos de metro veinte (hijos, ¿no?) y con sus pataletas, voces, chillidos, etc, te pueden fastidiar la película.
Por lo demás, deliciosa.
Para más información:
http://disney.go.com/disneypictures/wall-e/
http://es.wikipedia.org/wiki/WALL-E
El final de la tormenta
Dicen que después de la tempestad viene la calma, pero es una mentira muy grande. Porque si veis los informativos y, si vivís cerca del mar, lo habréis comprobado también: después de una tempestad viene la desolación.
Las playas sucias, la arena llena de piedras, de restos que ha traído el temporal hasta la orilla…
Las tempestades vitales no traen un arcoirirs y un paisaje bucólico cuando pasan, sino que te dejan desnudo, calado hasta los huesos y temblando en mitad de tu nada que está patas arriba.
Así es como me siento yo en estos momentos. Tras mi temporal.
He pasado un año trabajando al 300% de mí misma. He perdido peso y salud por el camino, he llegado a casi odiar las relaciones humanas en el entorno laboral y me he colocado cada mañana al abrir la puerta del despacho en posición “yo he venido aquí a hablar de mi libro”, sin querer más que lo estrictamente necesario con mi entorno laboral.
He pasado (y estoy en ello) por una situación de desempleo en mitad de una crisis económica. Mientras a mí me ascendían a él le despedían y, ha sido duro.
He zozobrado en todos los ámbitos de mi vida personal, como pareja, como hija, como amiga y como compañera de mi propia persona.
Y, de verdad, tras esta tormenta copiosa, fría y continuada, el día que ha cesado, por mucho que luzca el sol, lo hace sobre los restos, no sobre la arena blanca que se espera.
Pero, es cierto también, que pese a la crisis, al desempleo, al exceso de trabajo, al defecto de calor y a todo lo que pueda contar es uno mismo quién decide qué día para de llover, y qué día empieza a recoger lo que ha dejado el temporal, para arreglar lo que se pueda y desechar lo que no tenga arreglo.
El consuelo: que como decía Cantinflas en no recuerdo cual película “no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista”.
Y cuando he salido de mi aislamiento me he encontrado con que los políticos del Parlamento Europeo pretenden que adoptemos jornadas laborales de 65 horas y se extrañan de que Irlanda les dé con la puerta ne las narices, que hay ministras que se consideran miembras (y un pianista ¿se considerará “pianisto”?), que llevo una semana comiendo de lata porque no pude hacer la compra la semana pasada, que se hacen huelgas para no llegar a ninguna parte y que… casi estaba mejor sumida en mis cienmil ocupaciones… e inquieta salir de un huracán y ver que llueve te pongas como te pongas y sobre todo, te pongas donde te pongas.
Day out (o “tarado’s power”)
Qué cosas…
Que tenga que caérseme la mampara del baño para que pueda tener un rato de intimidad y para poder dedicarme a “mis labores”… pues sí, manda narices. Y es que, si no se hubiera caído la mampara, mi hiperactivo ser humano que tengo por novio y compañero de piso, estaría embarcándome en alguna actividad conjunta, y yo, que soy muy maja (y tirando a idiota) por eso de ser considerada con su situación de desempleo y soledad entre semana, me vuelco el fin de semana en él, dejando a un lado lo que yo necesito y quiero. Pero ese es mi problema y si lo hago es porque elijo hacerlo. En cuanto encuentre trabajo (él, yo tengo… y para dar y tomar) me dedicaré a mi vida.
Veo nubarrones negros desde mi ventana y veo una semana que empieza y que no terminará hasta el día 30. Ah, sí, estamos de migración de servidores y tengo que trabajar el próximo sábado y el domingo.
Me he comprado complemento de minerales para poder afrontarlo. O para no acabar a patadas con los servidores.
Que dice mi madre que tengo la cara chupada. Que es la retahíla de todas las madres de la Humanidad, que qué delgado estás (aunque la lorza se desborde), lo que ocurre es que en mi caso sí que estoy quedándome algo más delgada. Trabajo, estrés, médicos, ausntos personales, asuntos impersonales… .
Me he enamorado (de nuevo) de un personaje de televisión. Sí, si antes fue Dexter el que ocupaba mi corazón televidente con sus descuartizamientos y sus divagaciones sobre ser quién se es (o no), ahora es Don Konkey (Ian Hart) el fotógrafo esquizofrénico de la serie “Dirt” cuya primera temporada he devorado gracias a San Emule de mi corazón. Y me he “enamorado” porque me gusta el personaje, porque me siento como él, consciente de mis rayaduras pero sin poder hacer nada más que convivir con ellas, por mucho que me duela o me asuste, sé que el “otro yo del espejo no se va aunque lo rompa” y, aunque vea series de televisión para distraerme me gusta que me cuenten cosas, que me asusten, me asqueen o me conmuevan más que que me demuestren la poca creatividad de los guionistas o los malos actores que hay por ahí cobrando una pasta (véanse para este ejemplo series españolas en actual emisión, no digo nombres, porque es muy obivio) . Me gusta su voz lineal (en versión original, en la doblada le han puesto muy dicharachero para lo que es el personaje) sus amigos y amores imaginarios, su manera de protegerse de su propia vida y de la de los que le rodean. Me gusta la relación amistad-dependencia sin moralinas ni ternuras que tiene con su jefa-amiga-parásita Lucy Spiller (Courteney Cox distante y bella a rabiar). Siempre me acaban gustando los zumbados (en la ficción, en la realidad no, conste). Será que empatizo más con ellos… (qué miedito, señor).
Me he desenamorado de muchas cosas. De mi trabajo, tal vez por el exceso y por el agobio que tengo desde hace unos meses a esta parte.De la música, porque no encuentro la canción para el momento, como me ocurría antes. De mi interés por las personas, por saturación, porque me paso 12 horas al día rodeada de gente y de sus ruidos y mala educación, y aunque la Humanidad no esté tan mal, las personas lo jodemos todo, de verdad.
Quiero silencio.
Y se ha tenido que descolgar la mampara para tenerlo.
El próximo día la descuelgo yo misma.
Tendría que estar planeando mi boda. Ah, sí, que me caso, algún día. He dicho que sí, porque para él es importante y yo, que soy una blandita y resulta que le quiero y tal, y no me hace daño vestirme de cosa rara y eso por un día pero con el mínimo de testigos posibles. Oh Dios. Si el día que se conocieron nuestros padres me mareé y vomité en la ducha, el día de mi boda creo que acabo en coma… Y no, ni he mirado vestido, ni fecha en el ayuntamiento, ni lugares….
Tendría que estar contenta. Me han ascendido. Pero de la manera más sucia del mundo y me quema cada día y me jode y me asquea todo lo que he descubierto por casualidad. A lo mejor las casualidades no existen y le llamamos casualidad para que duela menos.
Tendría que estar despechada, le escribo a una antigua amiga y no me responde. Pero me da igual, hasta veo normal que le de pereza decirme hola, porque a mí me daría mucha pereza también en el caso contrario y, la verdad, la entiendo perfectamente.
Y eso es todo lo que siento, pienso y hago desde que no doy señales de vida.
Es decir, currar, asquearme y, de vez en cuando, soñar con que todo esto acaba y mi vida es más tranquila o, al menos, tengo días en los que se me cae una mampara y puedo dedicarme a cosas mías.
Cada uno habla de la feria según le ha ido en ella
Eso solía decir mi señora abuela que, como mi señora madre, era un pozo sin fondo de sabiduría refranera.
Y es cierto, oigan.
Justo cuando todos los marcadores se ponen rojos (y no de vergüenza precisamente) por la crisis económica (desaceleración, Grace, no me seas) a mí van y me ascienden.
Vale, no me han duplicado el sueldo, pero si me han aumentado el que tenía un 20%, que no es moco de pavo, considerando cómo están las cosas. Evidentemente, a mí no me va tan mal como al resto de mis amigos. Sin embargo, sí que es cierto que mi cesta de la compra, y eso que no soy de jamón ibérico ni de ternera, también me cuesta al menos un 50% más cara, con lo cual, el aumento de sueldo al final se queda en poco.
Como le decía a mi madre y a mí tía hace poco, los que ya estamos “colocados” tendremos que apretarnos el cinturón, pero quienes realmente lo van a sufrir van a ser mis sobrinos mayores, por ejemplo, criados entre algodones en una época de abundancia relativa y no molestes al niño, que está estudiando, ¿cómo pretendes que trabaje? y, claro, ahora, al no poder aspirar más que a contratos basura menos que mileuristas (sí, ahora el mileurismo empieza a ser un lujo para depende qué trabajos y está empezando a proliferar los novecientoseuristas) se frustran patalean lloran y se ponen azules. Vale, mi sobrino mayor no necesita ese dinero para un alquiler, tiene 22 años, vive con sus padres y no creo que tenga intención de dejar de hacerlo, pero está claro que cualquier otro chaval de su edad que teng aun poco más de sangre en las venas e inquietudes, estará que trina con la situación actual.
Sin ir más lejos, conozco a un ser humano bilingüe (bilingüe de verdad, de madre española y padre anglosajón) con 12 años de experiencia laboral en empresa privada y 4 en empresa pública que lleva 4 meses buscando trabajo sin encontrar más que trabajos novecientoseuristas (gana más en el paro y paga hipoteca, con lo cual, los 900 euros no le llegan). Y encima conserva la esperanza, busca y busca y busca y no decae (por mucho que le cabree la situación).
Sí, estamos en crisis. Aunque vaya a ser mi mejor año en lo que se refiere a la situación laboral.
Pero la crisis real y más sangrante es la de los millonmes de personas en Asia, Africa y América que se incluyen en los que padecen hambre. Hambre. Sí, hambre. No es que hasta ahora no haya habido, pero sí es cierto que en lugar de ir hacia adelante (por más que los de U2 y otros cantamañanas políticamente correctos y podridos a dinero se “empeñen”) vamos hacia atrás.
Se me ha vuelto a venir a la cabeza eso que me decía mi madre de pequeña acerca de que era una pena tirar la comida con la de niños que pasaban hambre en el mundo, y yo me preguntaba si el hecho de que yo comiese como una boa constrictor (que era la pretensión de mi madre) solucionaría que aquellos negritos que salían en la tele dejasen de tener sus tripitas hinchadas o sólo hincharían la mía de saciedad.
Da miedo. Da miedo ver hacia qué mundo vamos. Aunque dentro de nuestros pequeños mundos no nos vaya tan mal.

