Amacing Grace’s Weblog

Sin perdonar ni contarlo todo

La chica de ayer

con 2 comentarios

He leìdo en muchos libros solventes sobre psicología y neurolgìa que, lo que recordamos, tiene parte de verdad y parte de mentira. Que nuestro cerebro, en su afán por hacer el camino màs fãcil, llena los huecos que hay en los fragmentos que recordamos y construye una realidad que vamos a almacenar como cierta y, cuya certeza no es del todo veraz. Pero ocurre igual con lo que percibimos de contïnuo, puesto que si tuvièsemos que procesar y analizar todos los estïmulos que nos llegan, ni darìamos abasto ni tendrïa sentido. Con lo cual esos atajos del cerebro para identificar y poner nombre a las cosas según lo ya conopcido, son lo evolutivasmente mejor para las personas.

Sin embargo, todo eso me ha hecho plantearme en multitud de ocasiones si mis recuerdos sobre algo o alguien eran “de verdad” y qué porcentaje de “mentira de relleno” había en todo ello. Una manera muy curiosa de averiguar parte de esa verdad es consultar con otra persona que presenciô el hecho o conociò a la persona que recordamos.

Por supuesto su recuerdo tendrá el porcentaje subjetivo que tiene el mío, pero sumando sacaré determinadas conclusiones y, seguro, me sorprenderé.

Si esto ocurre no sólo con los recuerdos sino con la autoimagen, lo que podemos descubrir nos puede dejar atónitos.

Por eso de que los caminos de las redes sociales en internet son inescrutables, me he ido encontrando vía Facebook a un número de personas, amigos, compañeros de clase, de mi época más neblinosa: la adolescencia, esos años que transcurren entre los 13 y los 17 y que a unos los llenan de acné, a otros de rabia, a otros de miedo,… y a todos de una crisis general de identidad que un día queda resuelta o que no se resuelve jamás pero sobre la que rara vez se para uno a reflexionar.

Para mí misma estos años fueron, en resumen, amargos (crecer me costò mucho en el sentido de admitir mi propio cuerpo, aprender a establecer relaciones sociales y sentirme integrada en los microcosmos que formaban mi mundo). Sin embargo, es una etiqueta que puse a priori sin pensar mucho y que he aceptado sin más y sobre la que he culpado todo lo que vino después.

Hablando de la vida de entonces, recordando días de clase, parques y cosas simples, me han dado una perspectiva de mí misma y de lo que pasaba en aquella época inèdita y totalmente diferente. Por lo visto no era tan borde ni asocial y tenía cierta popularidad, yo que me creía la mujer invisible.

Me habría ahorrado un pastón  en psicòlogo de haberlo sabido antes (ironía chorra para quitar dramatismo, pero tiene mucha tela si lo contase con más profundidad). Analizando lo que otras personas que vivieron conmigo esta época me han contado, veo que no fue tan gris como yo tenìa entendido y que los agravios horribles a los que creí haber sometido a otros no fueron tan terribles cuando esos otros los dan por olvidados.

Es curiso descubrir tu pasado a través de los ojos de otros. Curioso y raro.

Pero a la vez es bonito. Está siendo bonito que me hayan devuelto mi adolescencia como algo diferente y mejor.

Miro de nuevo fotos que odié y las miro con una sonrisa. ¿Salías con ese pelo tan cardaddo? me dice mientras me mira con sorna. Sí, y no sabes dónde me ponía las hombreras. Se empieza a reír, No. Sí,al fin y al cabo ningún chico de 15 años dice “eh, mira que par de hombros tiene esa chica, así que…. Y le cuento una batallita sobre las hombreras pegadas con velcro y las discotecas que hacían sesión de tarde para quinceañeros y la vida que entonces empezaba y acababa en el portal de su casa, en la mirada de un chico, en un suspenso inoportuno y en un montón de recuerdos, sensaciones y hasta olores que me vienen aún inconexos. No te lo pasabas mal, no, dice. Seguro que no.

Nada fue tan horrible. Pero lo sé ahora que he perdido la idea de las cosas como algo absoluto, blanco o negro.

Va a ser verdad eso que contaba un ponente en un seminario al que asistí hace dos años sobre que esperamos grandes cosas pero que la felicidad es sólo reirse mucho, hacer muchas cosas y darse muchos besos.

De adolescente me reía mucho (aunque hasta hace poco sólo recordaba haber llorado) hice muchas cosas (aunque no fuesen grandes ni llamativas) y me dieron muchos besos (de eso nunca me cupo duda).

Y me sigo riendo, cada día màs. Y hago muchas cosas. Y doy y me dan besos…

Y encima tengo el privilegio de poder no sòlo decidir mi futuro sino de reescribir mi pasado.

Advertisement

Escrito por Increíble Grace

marzo 22, 2010 a 10:35 am

2 comentarios

Suscríbete a los comentarios mediante RSS.

  1. Mi experiencia es completamente distinta. Creía que había pasado esos años en una tranquilidad aburrida, sin sobresaltos, pero sin grandes palos.

    Ahora que por la fibromialgia el reumatólogo me obligó a ir al psiquiatra, y después de un año y medio de terapia, descubro con rabia que todo fue mucho peor. Que evité los malos ratos, pero también los buenos. Que me perdí muchas cosas. Que esa pérdida ya nunca se llenará con nada. Y que, aunque las heridas están cerradas, las cicatrices son de las que quedan para siempre.

    Kotinussa

    marzo 22, 2010 a 9:12 pm

    • Pues de veras lo siento. Decubrirse a uno mismo puede resultar doloroso, eso es cierto. Sin embargo, siempre he pensado, por cómo escribes, que eres mucho más fuerte de lo que tú misma ves.

      Increíble Grace

      marzo 23, 2010 a 10:07 am


Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.