Tras la Navidad (primera Navidad en mi existencia post estudiantil en la que tengo vacaciones en esta época dle año), tras la nevada caótica en la que Madrid se colapsó y Alcalá de Henares congeló a Cervantes, vuelvo al trabajo y a mi vida cotidiana. La verdad es que sobre las fiestas no voy a hablar mucho, porque han sido entre regulares y malas, qué leche, un auténtico desastre, por decir algo suave. Los puntos positivos que saco: el reencuentro con una amiga de la adolescencia y el tiempo que he podido dedicarme a mí misma, a leer, a hacer deporte y a reflexionar sin imponerme obsesivamente darle vueltas a algo.
Sobre la nevada tampoco voy a hablar ni voy a poner fotos de lo maravillosa que lucía Alcalá de Henares disfrazada de Puerto de Navacerrada en temporada alta.
Porque señores, nos solemos abandonar con excesiva frecuencia. Nos centramos en los eberes, en las obligaciones, en las prisas y, en muchas ocasiones, en las expectativas que sabemos que no vamos a alcanzar, sólo para tener una excusa para frustrarnos.
Mi frustración mayor ha sido la vida laboral. He pasado de estar encantada, de trabajar sin darme cuenta a un rendimiento muy elevado, a que ir al trabajo fuese como ir al patíbulo cada mañana; de disfrutarlo, pasarlo hasta bien, incluso con los compañeros, a ser lo más parecido a un ogro y hasta comportarme seca y distante con los mismos con los que un año y medio antes compartía bromas, risas y cachondeo.
Por una parte, no soy partidaria del colegueo laboral. No me gusta mezclar amistad y trabajo, no porque piense que mis compañeros son enemigos o competidores sino porque mi vida personal quede fuera de la oficina siempre.
Entonces, cuando veo que las cosas llegan algo más allá, invitaciones a cumpleaños, fiestas, etc, pongo pies en polvorosa y marco la distancia.
Eso podría quedarse sólo en eso, y seguir manteniendo la cordialidad y el buen humor si no hubiese sido porque el exceso de tareas y la diferencia entre cómo se toman ese exceso de tareas mis compañeros y cómo me lo tomo yo, ha ido distanciándome del resto. Ellos son hombres y dos de ellos son más jóvenes, alguno hasta vive con sus padres. Se toman el trabajo como una fiesta contínua, un constante escaqueo y un relajo muy sano (para ellos); se pasan el día navegando por Internet, colgados del Facebook o comprando en Ebay. No digo que no trabajen, digo que anteponen el ocio al deber. Y los que somos algo más mayores, sin ser mártires del orgullo currante, nos tomamos el trabajo de otra manera. y yo, en concreto que soy muy perfeccionista y demasiado previsora con tiempos de entrega o fechas límites de proyectos, me agobio cuando veo que la gente no se mueve.
Entonces me muevo yo por ellos sin decir nada. Y eso hace que les haya tomado manía y que, encima la culpa haya sido mía. Podría haberles dicho algo. Pero no esperar un año y medio para estar absolutamente cansada, asqueada y hastiada de mi trabajo.
Así que en estas vacaciones me he replanteado mi manera de proceder en este tema y, creo que hay sido bastante bueno para mí.
Al menos hoy he llegado sin tanta ansiedad como de costumbre.
Y ese ha sido mi gran logro durante el tiempo de descanso.
También he hecho algunos descubrimientos. Uno, un libro (os va a sonar extrañísimo) sobre cómo educar a los perros, que me ha enseñado algunas cosas que no es que no supiera, sino que no me había parado a mirar, sobre las personas. Si cae en vuestras manos y tenéis perro o estáis pensando en tener uno, os lo recomiendo, porque la manera en que educamos a nuestros animales nos refleja (obviamente) a nosotros. El libro es de un tal César Millán y se titula “El líder de la manada“.
Pero mi gran descubrimiento de la temporada ha sido sin duda, la democratización de los vibradores por parte de las grandes superficies.
Es decir, que si quieres comprarte un vibrador, ya no tienes que irte a un sex shop o pedirlo a través de Internet sino que puedes hacerte con uno un día cualquiera en el que vayas a hacer tu compra de la semana.
En Hipercor los venden en la sección de pequeños electrodomésticos, junto a los cepillos de dientes eléctricos. En Carrefour les han dedicado un estante exclusivo para que ningún incauto (o cegato) los confunda con una depiladora o una afeitadora.
La cosa no deja de tener su guasa porque la imagen de la caja muestra las manos de una pareja entreclazadas y los rostros de ambos en segundo plano en actitud de bocas semiabiertas, etc, más propia de la portada de un libro de Corín Tellado o algo así, y encima son color malva (muy new age, vamos) y totalmente anatómicos. Pero lo que ya no tiene desperdicio es que en la caja, sobre el nombre del aparato (no pone “Vibrador anal marca Acme” obviamente) que es “Juego de masajeadores íntimos para la pareja” pone en letras más grandes “Explorando juntos”.
Y me ha hecho mucha gracia, porque me ha recordado a un libro de López-Ibor sobre la vida sexual que tenían mis padres en casa allá por los 70 y a las imágenes que lo ilustraban y a la vinculación de los conceptos pareja y placer, como si un ser humano solo no pudiese darse placer ni, por supuesto, compartirlo con otro ser humanos de su mismo sexo o hacer de su placer algo más que una relación de pareja, ya podía haber puesto que el artículo estaba destinado a estimular la práctica coital para la procreación. Por supuesto que el sexo entre dos es más placentero que el que se procura uno a sí mismo y que usar juguetes es algo que estimula bastante, pero que te digan cómo usarlos y que además se anden con eufemismos pelín casposillos me ha dejado a cuadros.
Encima te clavan 149 euros por los vibradores, que son dos en el mismo paquete, uno de niño y otro de niña.
En fin, que el que no se consuela es porque no tiene 149 euros, ahora lo tengo muy claro.
Y que dentro de nada nos podremos comprar los vibradores en “Expoelectrónica” y pagarlos en plazos.
Y de momento, eso es todo lo que puedo contar a 12 de enero.