Archivo para Diciembre 2nd, 2008
Maternidad
Las veces que han venido a casa me temblaban hasta las pestañas. Mis ojos miopes ganaban de repente toda la agudeza visual que nunca han tenido para perseguir a dos pequeños demonios maleducados y perversos en forma de niñas de 2 y 4 años que, lamentablemente, son la prole de la mejor amiga de mi futuro señor marido y actual compañero de piso. ¡Agh!
Es que tú no tienes una casa a prueba de niños, me dice la madre airada después de pillarme bajando “amablemente” pero con cara de perdonavidas a su niña pequeña del respaldo de mi sofá de cuero beige. Es que a tus niñas no hay casa que las resista, aunque las paredes estuviesen sin dar de llana, chatina, me dan ganas de responderle, pero como soy muy maja, aunque mi mirada de perdonavidas exprese lo contrario, me encojo de hombros y sonrío.
No son un caso aislado. Mis sobrinos medianos son dos adolescentes odiososo que han sido niños más odiosos aún si cabe, caprichosos, mimados, crueles, patarrones, irrespetuosos… y a los que trato por todos los medios de no tratar porque me caen mal.
Y parece que es de ser mala persona que unos niños te caigan mal.
Y sus señores padres se mosquean muchísimo y te dicen que tú no lo harás mejor y que lo único que te molesta es que tú no tienes descendencia y hasta me han llegado a tachar de egoísta obsesionada con su cuerpo que prefiere usar una talla 36 a quedarse embarazada y perder la visión de sus propios pies sólo por razones estéticas.
Y yo…
… me planteo la maternidad. Cada vez con más convicción, aunque la madre naturaleza no ande tan convencida como yo. Sin embargo, no hago más que pensar en si será verdad y tendré hijos tan odiosos como las dos niñas diabólicas que en 5 minutos patearon de cabo a rabo mi sofá, casi se cargan una planta y le hicieron un agujerito a una lámpara con pantalla de papel, todo eso sin pestañear y ante la mirada indiferente de unos padres que pasan del comportamiento permisivo-pasivo a la histeria chillona en cero coma tres segundos.
Me aterra no poder hacerme con mi retoño; que su hiperactividad y curiosidad infantil acaben convirtiéndose en mi desgracia e histeria. Me aterra que cuando crezca un poco me eche en cara que he fumado, bebido, dejado de comer por voluntad propia, vivido con un psicópata, tatuado y perforado mi cuerpo y que no tengo autoridad moral suficiente como para dar consejos o pretender educar con el ejemplo.
Me asusta sobremanera criar un pequeño monstruo cruel e insensible que cuando le diga que lo voy a castigar por algo me responda (como uno de mis sobrinos medianos a su padre) que le da igual, que ya se resarcirá cuando yo sea vieja y me deje en una residencia apestosa.
Pero lo que más me asusta no es que sea el ser humano más horrible sobre la tierra, sino que la culpa sea mía.
Supongo que toas esas cosas las piensa uno en algún momento de la vida.
Cada mes cuando llega mi menstruación siento alivio por no tener que plantearme, de momento, todo esto, pero también una frustración tremenda y cierto dolor.
Y no, no es el reloj biológico ni el instinto maternal ni esos cuentos.
Es algo mucho más absurdo y egoísta, si me apuras.
Es que lo mismo, por una casualidad de estas que se dan una vez entre mil casos, a lo mejor estoy preparada y a lo mejor lo hago bien.
Y no quiero quedarme sin saberlo.