Hace dos años no fui a su boda, primero porque me pilló recién mudada a mi casa y con más deudas que un ayuntamiento, segundo porque había algo que no me cuadraba en esa boda y no quería participar. El lunes pasado hablé con él por teléfono, está gestionando su divorcio.
Un amigo de Sevilla se está planteando ante su próximo cambio “obligatorio” de trabajo (su empresa les despide), un cambio más radical, de vida, de lugar de residencia, de mujer… Me decía que a veces la vida te lleva a un punto en el que tienes que renovarlo todo porque si no, te hundes. Su relación no ha ido nunca muy allá, desde que lo conozco. Tal vez sea ahora tiempo de solucionarlo.
A Beatriz tampoco le va bien. Pasan temporadas en las que su novio vuelve a casa de su madre con la excusa de que la madre está enferma, sólo por estar separados y relajarse, sólo por alejarse de discusiones y de reproches en ambas direcciones.
Alicia dice que es feliz. Tiene dos hijas preciosas, hizo una boda estupenda y lleva casi la mitad de su joven vida junto a su marido. Cuando le pregunto cuál es el secreto, me responde que no lo hay, sólo que pone siempre buena cara y no suele rasgarse las vestiduras por cada crisis, que esas cosas se quedan dentro de su casa.
A veces me da la impresión de que la gente de mi generación (entre 30 y 35) hemos nacido para vivir solos, y para darnos de narices contra la pared de las relaciones de pareja. Tal vez porque no queremos ni la sumisión y el conformismo de nuestro padres y porque idealizamos las relaciones, nos encontramos con la cruda realidad de que las personas somos egoístas por naturaleza, que el estado ideal es estar solo o acompañado a demanda propia, que excepto en contadas ocasiones, nos ahogamos en la infelicidad compartida sin hacer nada por pura desidia…
Me da pena.
Me da rabia.
Y me da miedo.
Porque a veces yo…
Lo digo todos los años: el día 1 de septiembre empieza el año. Enero es una continuación tras la resaca de la Navidad.
Dejando a un lado el síndrome postvacacional (que no es otra cosa que la mala lechecilla que da volver a caer en la cuenta de que, sí, lamentablemente y salvo las personas que tienen un trabajo vocacional de esos que se disfruta, te “realiza” -odio esa palabra-, etc, el resto trabajamso para pagar nuestras facturas y poco más, así que de síndrome tiene poco) y las colecciones absurdas, septiembre es un mes en el que todo vuelve a su cauce:
Los niños al colegio a ver si se civilizan un poco.
Los adultos al trabajo.
Y el transporte público vuelve a ser esa masa informe de caras inexpresivas, empujones y desaliento. En el trabajo todo es urgente, importante y para ya. Y de un día para otro es como si hubiésemos metido la quinta.
Yo empiezo este nuevo año con coche nuevo (sí, voy al revés que el resto del mundo, cosas que pasan), con muchas tareas pendientes (por cierto, que siempre las termino antes o después, no soy de empezar algo si nolo voy a acabar) y con la firme convicción de queva a ser uno de los años más movidos de mi vida y eso que el anterior año ya tuvo moviemiento y deí vueltas hasta el mareo.
De momento, laboralmente la cosa promete. Ahora empiezo mi “gira europea” (sí, como Madonna, pero sin ser multimillonaria), Barcelona, Amsterdam, París,… serán lso escenarios de mis próximos logros y retos laborales.
Personalmente el panorama también promete, tal vez sea este plano el más movido de mi vida, no porque tenga cien amantes, si soy una emparejada fiel; lo que pasa es que siempre hay ajustes que hacer, igual que con los precupuestos económicos en tiempos de crisis, con los emocionales en tiempos de renovación.
Y en el familiar, mi propósito de año nuevo es disfrutar más de mis padres (o dejarles a ellos disfrutar de mí) porque… el tiempo pasa demasiado deprisa, y dentro de nada estaremos empezando otro año en otro septiembre.